Lo primero que tenemos que hacer es rescatar a los peques del secuestro en que determinados dispositivos le retienen. Tres son de carácter sistémico:
- la falta de representatividad como colectivo,
- la falta de una voz propia, y
- la enorme dependencia económica (y sentimental) de otros colectivos sociales e institucionales.
Pero los que se toman más en serio el secuestro son los dispositivos de carácter estructural, es decir, los que rodean a los de tipo político-científico-(religioso): la pedagogía, la medicina (que no sólo dispone de una especialidad, la "pediatría", sino que mantiene a los peques como sub-especialidad, por ejemplo, "la oftalmología infantil"), el entramado jurídico-legal y las estructuras de creencia en el más allá. Todos estos dispositivos, con su enorme capacidad de crear instituciones y discursos, convierten a los peques en el sujeto niño, y, consecuentemente, en los receptores de una serie de características que le proponen aún más imbuido en el círculo vicioso de los dispositivos sistémicos. Todo este elemento de perversidad permanente tiene un sentido, que dada la lógica estructural del saber/poder sólo puede significar una cosa: recrear una única forma de socialización.