Leo el último post de la siempre sugerente Elisenda Ardevol en Mediaciones sobre el tema del "yo digital", a raíz de los comentarios de la profesora Tíscar y los de la gente de Yo digital (un grupo que junto a ideas más o menos originales se pliega a una suerte de Apocalipsis de caos futuro, es decir, del ahora digital). Bueno, el caso es que estaba mirándome lo que dice Elisenda y llego a la conclusión, de su mano, de que esto del yo digital es una enorme trampa conceptual y, por supuesto, vital, ya que plantea, que el yo (digital o no) es igual a una identidad personal, cosa absolutamente errónea. El problema, seguramente, es cuando entendemos lo digital como algo o bien paralelo a la realidad, bajo eso que podríamos llamar el síndrome The-Matrix, o bien como un hecho que ayuda a perfeccionar la realidad, bajo ese otro que llamaremos el acercamiento power-point, ya que ni una cosa, ni la otra, ni mucho menos las dos a la vez. Lo digital es la representación de unas determinadas discursividades. Lo que es nuevo de este "digital" es su capacidad de traspasar las clásicas barreras de los aparatejes sensoriales, su facilidad para almacenar y transmitir la información y, proponer, la inclusión de metadatos que conectan diferentes niveles de realidad.

En este sentido el yo no puede ser digital, porque siempre será un tu digital, si es que puedes reconocerte, y, generalmente, un él digital. Esto se entiende mejor a la luz de la introducción del libro Lenguaje, poder e identidad de Judith Butler, al proponer la diferencia entre lo dicho y el que habla, la idea de enunciado performativo, es, en un sentido sustantivo, la idea del busto parlante... Lo que puede confundirnos es, sigo a Butler, creer que ese busto parlante es lo digital, el ordenador, pongamos por caso, cuando de lo que tenemos que tomar conciencia es que el busto es lo que se conoce como el yo digital. Claro que, mucho de esto, lo hace evidente sin demasiada reflexividad la propia publicidad de las maquinas digitalizadoras, como estas de la imagen.