Ayer los adultos de nacionalidad española tuvimos la oportunidad de ejercer nuestro derecho al voto. Obviamente, los peques se quedaron en casa o, en el mejor, de los casos acompañando a los suyos. Pero la verdad es que en un doble sentido podían haber votado como cualquiera: por un lado, porque la campaña no ha tratado ni un sólo concepto complejo que no hubiera entendido un peque al uso, de hecho, el tema de la familia, por poner un tema donde ellos se dan con especial profusión, no ha servido para que los partidos políticos se pensaran algo que supusiera un hecho mínimamente imaginativo al respecto. Y, por otro, porque la forma en que entendemos nuestra democracia permitiría perfectamente que los peques pudieran ejercer el derecho al voto.
Toca que nos pensemos, ahora, por qué los peques no votan. Ya no se puede decir que no tienen forma de razonar, de ver lo que es correcto, incluso que son manipulables, todo esto está disuelto, lo ha demostrado una vez más está forma de ejercer nuestra forma de participar en los "complejos" mundos en que vivimos hoy en día. Claro que así quien más difícil es la Conferencia Episcopal, que sólo tienen que confiar que a unos señores que son el arquetipo absoluto de todas las virtudes de Occidente (son blancos, hombres y adultos y para colmo de grandeza: heteros y católicos), les ilumine el espíritu santo. Claro que cuando se vive en esa oscuridad que les caracteriza cualquier lucecita, por extraña y exotérica que parezca, es mucho. Sin embargo, para estos señores los peques no son más que unos estúpidos que sólo pueden recibir su doctrina, sus enseñanzas... En última instancia una institución como la iglesia católica tiene que utilizar todo aquello que este en sus manos para inducir a los niños en una única dirección pues son la única manera que tienen de reproducirse. Digamos claro que a esta institución religiosa la familia, ya no digamos los peques, no le importa nada de nada, es por egoísmo puro y duro, pues ahí esta su única forma de supervivencia como especie parasitaria.
Pero, siguiendo con los asuntos serios, es decir pensarnos el voto infantil, tenemos que darnos cuenta que todo lo que libera a los peques para poder votar les impide, a su vez, decidir asuntos que sólo entienden los adultos, porque estos, a su vez, han delegado en otros su capacidad de decidir los por qué, los cuándo y los dónde. Dicho de otro modo, los adultos tampoco deciden nada y, consecuentemente, no están en disposición ni pensar por los peques. Por eso mismo, hay que darles la oportunidad de que ejerzan su derecho al voto, para que ellos saquen a la gente adulta de la estructura infantil que les atenaza o en el peor de los casos les ilumina de manera pueril y trivial, como le ocurre a los señoritos obispos.